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La Palabra, llamada al ser y a la misión

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Públicación electrónica con el magisterio de
Mons. Enrique Pérez Lavado
Obispo de Maturín.

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DOMINGO XV

DEL TIEMPO ORDINARIO “A”

Maturín 12 de julio de 2020.

   En este domingo decimoquinto del tiempo ordinario, comenzamos un recorrido por las parábolas  sobre el Reino de Dios que Jesús anuncia a los discípulos. 

   Las parábolas son comparaciones a partir de hechos ordinarios de la vida, que buscan despertar la curiosidad y desafiar el ingenio de los oyentes, invitándolos a descubrir un sentido oculto y novedoso que se esconde dentro de la comparación.

Jesús sembrador (Icono) – Fuente: Prado Nuevo. es

“Oyentes de la Palabra”

    En la parábola que escuchamos hoy se nos quiere llamar la atención, como discípulos de Jesucristo, sobre nuestra relación con la Palabra de Dios. Nos invita a revisar si estamos tomando en serio o no su Palabra. En la vida cristiana nuestra relación con la Palabra de Dios es algo tan esencial que hubo un gran teólogo del siglo pasado que definió al ser cristiano y más allá, al ser humano, en su esencia como “El oyente de la Palabra”. El cristiano no es cristiano, el ser humano no es humano, si no llega a escuchar y responder a la Palabra; porque . Si el ser humano no se convierte activamente en un interlocutor con Dios y construye su vida en este diálogo permanente de escucha de su Palabra y respuesta a ella, perderá la identidad y el sentido de la vida. Con el oído cerrado a la Palabra de Dios, sea por ignorancia, o peor, por rechazo, no sabremos de dónde venimos y a dónde vamos; no podremos saber qué sentido tiene cuanto estamos viviendo.

La Palabra de Dios es siempre eficaz

   En tiempo del Nazismo en Alemania, unos médicos investigadores hicieron un experimento para comprobar una hipótesis sobre la fuerza que tiene la palabra humana en el desarrollo del feto y del neonato. En un reten de bebés recién nacidos seleccionaron dos grupos, cada grupo en una sala diferente. En una sala, las enfermeras continuamente hablaban a los bebés, en la otra los atendían pero en absoluto silencio. En pocos días, los niños de la sala silenciosa comenzaron a perder sus defensas y muchos murieron. En cierta forma, cruel e inhumana, se comprobó que la palabra es transmisora de vida, estimuladora de vida y que sin la palabra el ser humano sin la comunicación con otro puede hasta morir.  ¿Si esto sucede con la palabra humana, que no será del hombre sin la Palabra de Dios?

    Por experiencia sabemos que la palabra humana es maravillosa, que es capaz de transmitir toda una cultura y una civilización o, también, destruirla. También sabemos del bien que una buena palabra de consideración, reconocimiento, respeto, cariño, amor, puede hacernos; sobre todo, cuando más lo necesitamos. También del daño profundo de una palabra insultante, descalificadora, rechazo, odio, puede ocasionarnos. Con la palabra podemos construir o destruir. Una palabra oportuna puede salvar una vida, como puede condenarla. Siempre en la palabra humana, poderosa palabra humana, encontraremos la ambigüedad del bien y del mal, de la sinceridad y de la hipocresía, de la veracidad o de la falsedad. La palabra humana degenera en palabrería fatua. Hemos llegado al punto, de que recibimos una información por los medios y la leemos en la clave contraria, porque ya prejuzgamos que quien nos habla es mentiroso. El mismo Jesús llamó al diablo como “El padre de la mentira, embustero desde el principio”(Jn 8,44).

    Pero, la palabra de Dios (la Palabra) no es como  la del hombre, que dice y no cumple. Es lo que el profeta Isaías nos dice en la primera lectura de hoy. Como escuchamos, él la compara con el fenómeno natural de la lluvia que cae sobre la tierra: “Como caen la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven sin antes empapar la tierra, preñarla de vida y hacerla germinar… así será la palabra que sale de mi boca, no volverá a mí sin cumplir aquello que me he propuesto, aquello  a lo  que la envié”. La Biblia está llena de esta afirmación: la palabra de Dios es viva y eficaz, siempre se cumple; hace lo que dice. Nos basta con ver la forma en que el poema de la creación del Génesis se repite cómo Dios crea todas las cosas por medio de su palabra: “Dijo Dios, y existió”, eso mismo reafirma San Juan al comienzo de su evangelio: “En el principio existía la Palabra… todo se hizo por  ella y sin ella no se hizo nada” (Jn 1,1).Dios siempre es fiel a lo que promete con su palabra. Jesús es la misma Palabra (Verbo) hecho hombre, “Y la Palabra se hizo hombre y habitó entre nosotros” (Jn 1,14). Jesús mismo nos dice: “mis palabras son espíritu y vida” (Jn 6,63). Todos recordamos la respuesta que le da Jesús al diablo cuando lo tienta en el desierto: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”(Mt 4, 4).Y el hermoso salmo, que frecuentemente cantamos: “Tu palabra me da vida, confío en ti, Señor, tu palabra es eterna, en ella esperaré”. Podría bastarnos sólo con esta enfática afirmación de Jesús: “si alguno guarda mi palabra no gustará la muerte jamás”(Jn 8,51). 

La Parábola del sembrador

   En la parábola “Del sembrador”, Jesús se refiere a la forma en que sembraban los agricultores de su tiempo; quienes esparcían la semilla por todo el terreno, antes de ararla. En ese echar la semilla sin escatimar, ya se percibe el poder de la Palabra del cual nos hablaba Isaías: Dios esparce su palabra por todo el mundo, sin límite alguno, sin que nada ni nadie le impida ser totalmente generoso; pues, con su palabra, da vida y el ser a toda la creación; con su palabra transmite eficazmente su proyecto o plan universal de salvación, santificación, y glorificación del hombre y de toda la creación (Reino de Dios), proyecto o plan que jamás se detendrá, como no se detiene la acción de la semilla cuando encuentra buena tierra: germinando, haciendo brotar y crecer la planta, hasta que florece y da fruto. Este fenómeno natural de la germinación de las plantas siempre es un signo natural de la acción sobrenatural de Dios, que no se detiene sino que, por sí misma alcanza su propósito. Viendo al sembrador echar la semilla por doquier, sin importar el terreno, Jesús quiere inculcarnos que su reino de amor, paz y justicia, ya está actuando entre nosotros y no se detendrá. Así nos llama a la confianza y a la esperanza en su Palabra que no falla. Aunque de momento pueda parecer que los frutos no llegan y que hay muchos fracasos, al final los resultados siempre serán superiores a los esperados.

   ¡Qué importante es este mensaje en los momentos que atravesamos! “Vivimos inmersos en un caos generalizado presente en todos los niveles de vida social y personal”… “La pandemia del Covis-19 se ha ido extendiendo de manera exponencial en los distintos estados” (CEV. Exhortación Pastoral “Tu Dios está contigo, no te dejará ni te abandonará”. Enero 2020, n. 4.5). “La Palabra de Dios nos proporciona la luz de la fe, con la que podemos caminar seguros y con la mirada en el futuro, pues, nuestra esperanza no descansa en realizaciones o conquistas puramente humanas, sino única y exclusivamente, en Dios y en su Palabra” (Ib,n.12). 

   Son hoy muchas las causas para que la semilla no pueda echar raíces y dar fruto, pero siempre hay tierra buena donde la Palabra es entendida y acogida y produce fruto. Aunque éste sea muy variado, por poco que sea, ya ha fructificado. Pensemos en la buena tierra que fueron el Venerable José Gregorio Hernández y las tres beatas: María de San José, María Candelaria, Carmen Rendiles. Pensemos en los héroes que en la trinchera de los servicios de salud, arriesgan su vida atendiendo a los enfermos del virus. 

   Pensemos, también, en nosotros que mantenemos la fe, la esperanza y la caridad, desde el confinamiento en nuestros hogares, poniendo nuestras fuerzas en la esperanza que nos da la fe de que  la Palabra del Señor iluminará nuestros pasos para lograr auténticas y eficaces soluciones a nuestros problemas(Ib, n. 1). Hay, pues, que tener confianza en la acción de la Palabra de Dios. Nosotros somos meros sembradores; pero es Dios mismo quien riega y hace germinar la semilla. No sabemos cuánto, ni cuándo ni cómo, el resultado final se nos escapa de las manos, pero el Reino de Dios nunca deja de avanzar.

A nosotros nos corresponde ser tierra buena:
“¡No seas camino, no seas la piedra, no seas espino! ¡Que seas la tierra, la buena tierra, donde Jesús pueda crecer!” (*). Amén.

 + Enrique Pérez Lavado
Obispo de Maturín

(*) Kiko Argüello, canto de “El Sembrador”.

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